Hace varios años entré a trabajar en el sistema penal juvenil, primero como operador socioeducativo (luego cambiaron nombres y funciones) y después como tallerista, o como alguien que llevaba adelante un taller; no sabría describirlo con exactitud.
En los años que llevo trabajados me cuestioné, y sigo cuestionándome, el rol que debo cumplir en el Centro Socioeducativo de Régimen Cerrado (CSRC) donde trabajo: para qué estaba ahí y si lo que hacía servía o cambiaba algo.
Esos cuestionamientos, la pandemia mediante, y una charla con compañeros del sindicato al que pertenezco en un centro de reciclado me llevaron a pensar que era posible generar una experiencia laboral y artística. La idea fundante era que el trabajo funcionara como un ordenador social primario, nada que no se haya pensado antes.
A partir de varios intentos medio acéfalos, logramos, con un compañero y una compañera pertenecientes al programa InDiCu, organizar una exposición con trabajos que habían realizado colectivamente los pibes privados de su libertad. Esta primera tarea nos mostró, con todos los traspiés posibles, que era posible construir una experiencia colectiva, autogestiva y cooperativa dentro del CSRC, pero que debíamos ponernos a la par de los pibes en esa tarea.
Por izquierda, por derecha…
Lo que siguió fue romper con el fetichismo sobre el “pibe chorro”, tanto por derecha como por izquierda.
Por derecha, se suele pensar a estos chicos como sujetos a los que simplemente les causa placer el dolor ajeno. Pero es necesario entenderlos como pibes sobrevivientes al sistema de descarte del que ya ha hablado Francisco. Jóvenes que, para pertenecer a algo —al único círculo social al que se les permite arañar—, recurren a la violencia para obtener aquello que se les niega: el consumo mercantilista del “tener para ser”.
Por izquierda, en cambio, muchas veces se los ubica únicamente como “pobres pibes”, como chicos incapaces de reflexionar sobre su actuar porque la vida ha sido tan dura con ellos que los habría incapacitado para algo más. Así, se les permite una y otra vez colocarse en ese papel de carencia desde el cual deben recibir de manera constante la asistencia del “otro” que está por encima de ellos.
La práctica circular.
La práctica y el fracaso nos llevaron a armar un taller de encuadernación, como nos saliera, y fue un pibe —que tenía ciertos conocimientos sobre la tarea— quien nos enseñó a los demás cómo realizarla. Desde este punto tuvimos muchos fracasos como colectivo, alguna victoria y mucho acompañamiento de los amigos y amigas que fuimos conociendo en el camino.
Al taller le pusimos La Revancha: un nombre altisonante que buscaba hacer ruido dentro de la institución, que gastaba millones de pesos para que estos pibes cumplieran su castigo y casi nada para construir otra cosa, o solo un poquito para quienes les cayeran en gracia, premiando siempre la individualidad sobre lo colectivo.
Lo colectivo como premisa
En lo colectivo predomina la idea de que lo que hacemos es a corazón abierto, y no sin discusiones, idas y vueltas, enojos, diferencias, malos sabores y mucha charla, mucho pucho, mucho patio. Nos animamos a equivocarnos, pero a hablarnos de igual a igual, y también como lo haría una madre que abraza y que también reta; como diría Eva Perón, dispuestos a dar una caricia y a ponernos firmes cuando hace falta.
Porque ojalá el tiempo nos dé la razón: que la organización de esto sea algo que nos trascienda por mucho, que no se premie la individualidad, que la cobija sea para todos y que el invierno sea para las y los jodidos.
Y ojalá todo lo que escribo sirva, aunque sea un poco, para quienes nos preguntan a los integrantes de La Revancha qué es esto o cómo se participa. La respuesta es sencilla: se participa participando, estando dispuesto a bancarse un ida y vuelta, algún sinsabor, y teniendo claro que acá nosotros y nosotras creemos fuerte en los pibes. Creemos que tienen derecho a ser.
por Adrian Berrozpe

